
Hoy tuve la oportunidad de viajar en dos clases de trenes.
Primero, el llamado "Trencito de la Alegría", contratado para transportar a un grupo de chicos, recién salidos de su escuela privada, y llevarlos hasta la casa de uno de ellos, que estaba cumpliendo, hoy mismo, 4 años. Los vi reirse, pelearse, y hasta llorar al propio cumpleañero porque se le había caído al piso el chupetín que recién le habíamos regalado. Por suerte yo traía uno de más, y se le fueron rápido las lágrimas. Al segundo ya estaba de vuelta empujando al compañero de al lado, o gritando que quería otro chupetín, o que quería llegar a su casa, o que esperaba que la madre no se haya olvidado de ponerle los caramelos a la piñata grande que él había elegido. A las chicas yo las llamaba diciendo "Princesa sentate que tengo una sorpresa!!", y a los chicos era un fuerte "Vení campeón!!!".
Cuando el cumpleaños terminó, el protagonista del día quedó contento, y con muchas pilas para seguir corriendo por su enorme jardín, subirse a su hermosa casita del árbol, abrir los regalos que le habían dado, y comer muchos chupetines y chocolates más.
Más tarde, me subí al tren Sarmiento, mi querido transporte público, que por más degradado que esté, me hace llegar rápido a mi facultad privada, que agradezco poder pagar.
Estaba en el segundo vagón, cuando pasó un vendedor de chocolates. El precio era 2 paquetes x $2. Me tentó, como todos los dulces, pero después me di cuenta que tengo que ahorrar plata para un viaje que me quiero hacer, así que decidí no comprarlo. Pero cuando estaba esperando a que el vendedor pase a buscarlos, una chica de unos 5 años pasó por al lado mío ofreciendome una tarjetita de esas de amor, que nunca pueden faltar en el tren. Le dije que no, le agradecí de todas maneras, y ella guardó la tarjeta y me preguntó si podía comprarle un chocolate. Vi su cara de hambre, su manera de pedir perdón con la mirada, y escuché su grito ahogado pidiendo ayuda. El vendedor volvió, y yo le di esos $2 sin dudar, mientras le regalaba a la princesita apagada que tenía a mi lado esas dos tabletas de chocolate. Sus ojos brillaron como si le estuviera regalando una casa y un viaje alrededor del mundo. Tan sólo eran dos tabletas de chocolate, de esas que a el chico del "Trencito de la Alegría" le habían sobrado miles y miles, y algunas hasta se las dio al perro. Eso que a el chico "le daba igual", eso que para él valía tan poco, para la chica significó la comida del día, y el regalo del mes.
Tan sólo pensemos en qué injusto es el mundo, en qué injustos somos nosotros a veces, qué egoístas. Me pregunto por qué llamamos "princesa" a aquella rubiecita de ojos claros salida del colegio privado, y que viaja en el "Tren de la Alegría", y no a aquella chica con ropa sucia, que trabaja en el Sarmiento, pero que tiene los mismos derechos y muchos mejores sueños que cualquiera de los demás.
Hoy voto por hacer algo, hoy rezo por esos chicos que no buscaron estar donde están, y hoy elijo brindar por sus sonrisas, para que nunca se apaguen.