Un espacio para gritar lo que siempre hace falta gritar,
porque todos tenemos algo que no sabemos cómo expresar.
Para poner la mayúscula inicial, la coma, y el punto final.

jueves, 22 de abril de 2010

Las tabletas de chocolate.



Hoy tuve la oportunidad de viajar en dos clases de trenes.

Primero, el llamado "Trencito de la Alegría", contratado para transportar a un grupo de chicos, recién salidos de su escuela privada, y llevarlos hasta la casa de uno de ellos, que estaba cumpliendo, hoy mismo, 4 años. Los vi reirse, pelearse, y hasta llorar al propio cumpleañero porque se le había caído al piso el chupetín que recién le habíamos regalado. Por suerte yo traía uno de más, y se le fueron rápido las lágrimas. Al segundo ya estaba de vuelta empujando al compañero de al lado, o gritando que quería otro chupetín, o que quería llegar a su casa, o que esperaba que la madre no se haya olvidado de ponerle los caramelos a la piñata grande que él había elegido. A las chicas yo las llamaba diciendo "Princesa sentate que tengo una sorpresa!!", y a los chicos era un fuerte "Vení campeón!!!".

Cuando el cumpleaños terminó, el protagonista del día quedó contento, y con muchas pilas para seguir corriendo por su enorme jardín, subirse a su hermosa casita del árbol, abrir los regalos que le habían dado, y comer muchos chupetines y chocolates más.

Más tarde, me subí al tren Sarmiento, mi querido transporte público, que por más degradado que esté, me hace llegar rápido a mi facultad privada, que agradezco poder pagar.

Estaba en el segundo vagón, cuando pasó un vendedor de chocolates. El precio era 2 paquetes x $2. Me tentó, como todos los dulces, pero después me di cuenta que tengo que ahorrar plata para un viaje que me quiero hacer, así que decidí no comprarlo. Pero cuando estaba esperando a que el vendedor pase a buscarlos, una chica de unos 5 años pasó por al lado mío ofreciendome una tarjetita de esas de amor, que nunca pueden faltar en el tren. Le dije que no, le agradecí de todas maneras, y ella guardó la tarjeta y me preguntó si podía comprarle un chocolate. Vi su cara de hambre, su manera de pedir perdón con la mirada, y escuché su grito ahogado pidiendo ayuda. El vendedor volvió, y yo le di esos $2 sin dudar, mientras le regalaba a la princesita apagada que tenía a mi lado esas dos tabletas de chocolate. Sus ojos brillaron como si le estuviera regalando una casa y un viaje alrededor del mundo. Tan sólo eran dos tabletas de chocolate, de esas que a el chico del "Trencito de la Alegría" le habían sobrado miles y miles, y algunas hasta se las dio al perro. Eso que a el chico "le daba igual", eso que para él valía tan poco, para la chica significó la comida del día, y el regalo del mes.

Tan sólo pensemos en qué injusto es el mundo, en qué injustos somos nosotros a veces, qué egoístas. Me pregunto por qué llamamos "princesa" a aquella rubiecita de ojos claros salida del colegio privado, y que viaja en el "Tren de la Alegría", y no a aquella chica con ropa sucia, que trabaja en el Sarmiento, pero que tiene los mismos derechos y muchos mejores sueños que cualquiera de los demás.

Hoy voto por hacer algo, hoy rezo por esos chicos que no buscaron estar donde están, y hoy elijo brindar por sus sonrisas, para que nunca se apaguen.

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